sábado, 18 de febrero de 2012

03-02-2012 Río Ceballos, Córdoba


Entrado el mediodía, un Mapache salió con el brillo del sol, compañado de animales pequeños: otros dos Mapaches, un Águila, un Jaguar, un Ruiseñor, un Humano y dos Gaviotas. Tomaron el sendero marcado. Poco a poco, a paso firme, emprendieron el camino de aventura y reflexión.

Buscando encontrarse, encararon un retiro lejos de la tribu para juntar experiencias y así, al volver, poder compartirlo con el resto.

Al rayo del sol, con mucho calor, comenzaron la aventura. Subieron por la carretera unos cuantos metros, bebieron agua y siguieron. Formados estratégicamente, una Gaviota y un Mapache acompañaban al Humano. El Jaguar hizo yunta con el Águila y el otro Mapache, quedando juntas una Gaviota y un Ruiseñor.

El camino se volvió más cerrado, costaba el ascenso. Ya no subían tan separados, sino más juntos. Las garras del Jaguar le permitían aferrarse bien. Las alas de las aves hacían lo propio. Los Mapaches trepaban sin problemas y el humano usaba sus brazos para ayudarse. Todo marchaba bien.

Hicieron base a medio camino, las aves armaron grandes nidos para todos. Los Mapaches ayudaron y el Jaguar prestó su fuerza y el Humano la cabeza. Rápido, estaba todo resuelto; podían seguir camino.

Continuaron el ascenso, llegaron al manantial. Bebieron agua pura, jugaron juntos y reflexionaron. De a poco caía la tarde, las nubes se cerraban y el cielo se oscurecía; decidieron volver.

El camino estaba poco iluminado. Costaba  un poco el andar, pero podían hacerlo. No demoraron en llegar a los nidos. Allí descansaron y recibieron mensajes de sus familias. Con los sentimientos vivos, decidieron descansar para emprender el regreso con el alba.

Entrada la noche, el tiempo paró. Todo era un gran silencio, las hojas callaron y el viento partió. El frio y el calor se juntaron, creando un clima húmedo y pesado. Ninguno podía conciliar el sueño.

El Ruiseñor y una de las Gaviotas habían abandonado su nido, algo pasó. Las aves no abandonan sus hogares salvo que no haya opción.

Rápido el Jaguar se aprontó con el Mapache más grande. Juntos miraron el cielo, pero este estaba escondido tras los árboles. Ambos callaron, expectantes. El olor a humedad era gigante, y el aire se tornó caliente. El rio sonó con bravura, haciendo temblar la tierra y los corazones. Pero algo más pasó.

No puedo explicar la sensación, pero el rugido del Jaguar vibró más fuerte que las olas. Lo vi erguido sobre una roca, con el pecho amplio y las garras listas para usarse. Rápido miré, y de un nido salió un Águila. Sus alas eran inmensas como las copas de los árboles, sus patas fuertes y su pico filoso. Del mismo nido asomó un Mapache, fuerte y ágil. Su olfato le avisó y le permitió interpretar los mensajes de la naturaleza. Rápido, avisó al resto.

Uno de los Mapaches salió de su nido, viendo la furia de la naturaleza frente a sus ojos. Duro y noble, infló su pecho y ayudó a salir al resto de las aves y al Humano. El Ruiseñor cantó fuerte, pero dulce. Vi como abrió sus alas para acoger al resto. La gaviota más grande dio paz. Supo escuchar y no desesperar. El Humano dio sus manos y su cabeza para solucionar inconvenientes dentro del nido. La Gaviota más chica pidió ayuda, a quien debía pedirla.

Con mis propios ojos vi como los tres Mapaches, el Águila y el Jaguar reconstruían el nido dando resguardo al resto. El nido era un hogar, listo para contenerlos y abrazarlos. Claro, esto gracias a las Gaviotas, el Humano y al Ruiseñor.
La furia del cielo cayó cerca de ellos, pero no los aplastó. Las aves perdieron plumas, el los animales pelaje. Todos tienen cicatrices en el lomo, pero el alma llena. Sus espíritus se hicieron inalcanzables como el cielo, sus patas y garras fuertes como la tormenta, sus mentes calmas como las piedras  y sus corazones bravos como las olas.

Pensaron en el resto de la tribu, en que los estarían buscando. Ellos sabían que volverían.

Las nubes pasaron y las lágrimas se fueron con ellas. Las sonrisas aparecieron con el amanecer, y el calor de sus corazones los cobijó. Lograron regresar, claro. No tenían dudas en eso, sabían de sus fuerzas.

Pero nada fue igual. El Jaguar ahora sabe que su rugido es más fuerte que la furia del rio, el Águila sabe que puede volar en plena tormenta y hacerse fuerte. El Mapache más chico sabe que de chico no tiene nada, que es grande como las montañas. El Mapache siguiente sabe que su mente el fuerte, aún más que sus patas y garras. La Gaviota más grande sabe que está lista para ser adulta, que su entereza la ayudará a conseguir lo que ella quiera. El Ruiseñor sabe que su canto alivia y sana las penas, propias y ajenas. El Humano sabe que aunque no sea un animal, tiene brazos, mente y corazón para serlo. La Gaviota chica sabe que aunque la vida sea dura, y presente pruebas, Dios siempre está con ella para ayudarla.  Y el Mapache más grande ahora sabe que no trata con pequeños animales, sino con grandes seres llenos de fuerza y luz.

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